viernes, 4 de septiembre de 2009

La injusticia en forma de vida

No puedo evitar sentir que la vida es realmente injusta e imposible de comprender.

No hay prospecto que la defina ni manual de instrucciones al que aferrarse para intentar entender el por qué de ciertas situaciones. Y duele. Muchísimo.

La madre de mi “novia” (así éramos conocidos en la casa del otro los Tom Sawyer y Huckleberry Finn de San Francisco que llevamos juntos desde nuestros primeros alientos), alguien muy especial e increíble persona, me dijo una vez; “Lander, no hay nada en esta vida sin la salud. La salud es lo más importante. Ya puedes tener todo el dinero del mundo que como no tengas salud para poder disfrutarlo, te va a dar igual”. Cuánta razón en ese conjunto de palabras. Ella mejor que nadie sabía su significado.

Aquellas frases vuelven a mí tras conocer el estado de salud de una persona a la que conozco desde que tengo uso de razón y a la que quiero con locura. Vecinos de toda una vida, familiares no consanguíneos regidos por la ley del cuando quieras, lo que quieras.

Esa valerosa mujer (salvo raras excepciones, la palabra valor debería ir unida inexorablemente a la de mujer, y sobre todo si ésta es madre), a mediados de los noventa, superó una de las enfermedades más complejas y mortales que existen, no sin secuelas.

Matriarca ejemplar y amorosa persona, tuvo que enterrar a su padre tras padecer la misma afección a la que ella se había sobrepuesto, y tirar hacia delante de un hogar que tuvo que pasar por momentos muy duros, encontrando su más preciado apoyo en sus inmejorables hijos.

La vida parecía dar tregua una década después de aquel calvario que había mermado su salud pero fortalecido su espíritu. Pero hay gente que nace con estrella y otras, estrelladas y lo que parecía que se podía transformar en una rutina apacible, se quitó la careta para mostrar su lado más cruel.

Hace apenas 6 meses su marido comenzó a padecer trastornos estomacales siéndole detectado cáncer de colon con metástasis al hígado, que tras una “satisfactoria” operación le fue diagnosticado un tratamiento de quimioterapia por un tiempo aún por determinar.

A la par, los padecimientos de ella aumentaban sin una explicación aparente ante la dejadez de su médico de cabecera.

El esclarecimiento de sus síntomas llegó en una visita al hospital esta semana al agravarse su estado de salud.

Creo que hay gente que está preparada para aguantar muchísimo sufrimiento, desde luego que ella pertenece a ese grupo, pero lo que es inevitable es sentir miedo y desolación al volver a escuchar una palabra que ella consideraba vencida y desterrada; cáncer. De nuevo cáncer, de nuevo “algo” se cebaba con ella y con los suyos; la vida, Dios, la mala suerte o simplemente la probabilidad (cada uno pondrá el nombre y apellido que creé asignable a este sinsentido).

No sé que pensar, no sé que decirle a sus hijos, mis amigos. Siempre he sido una persona con bastante verborrea y sin embargo, ahora, mi mente no da más de sí. Me encuentro incrédulo, rabioso, enfadado con ese “algo”, abatido. Y si yo estoy así…da dolor de corazón intentar ponerse en el lugar de cada miembro de esa familia adorable que ni por lo más remoto se pudo imaginar una situación tan inabordable e inasumible como la que están viviendo.

Un déjá vu. De nuevo alguien muy cercano a mí vuelve a pasar un calvario indeseable hasta para el peor de nuestros enemigos. Aquella fortísima mujer que me explicó el sentido y el valor de la palabra salud, una madre inmejorable que se desvivió por sus hijos y los amigos de los mismos, una persona de la que uno está orgullosísimo de haberla conocido, tuvo que ceder ante el binomio de la fatalidad y la negligencia médica.

Ahora, de nuevo, toca luchar, toca volver a armarse con todo el arsenal que uno pueda y lanzarse a por todas, a por la vida. Tan sólo deseo que esta vez sí se cumplan los deseos, sueños y súplicas que un día realicé y que desgraciadamente no fueron complacidos. Pido a ese “algo” que por favor sea así.