Las circunstancias personales de cada uno habían impedido desde hacía ya algún tiempo tener ese tipo de charlas trascendentales a las que somos adictos, y hoy, sin previo aviso (como suceden las mejores situaciones), nos hemos vuelto a encontrar los tres cara a cara, sin máscaras de ningún tipo que para eso llevamos juntos toda una vida.
Con la facilidad de charlar con alguien en quien confías ciegamente, nos lanzamos a la tertulia privada de las respectivas vidas entrecruzadas. Y se habla, y mucho. Se habla de nosotros, de nuestros cambios. Sabemos apreciarlos en los otros y recibimos el reconocimiento de los propios.
Gratitud y plena satisfacción en tan pocas palabras. No necesitamos grandes discursos y sin embargo no sabemos vivir sin lanzarnos a la oratoria amable del marinero que tiene curtida la piel aún siendo todavía grumetes (sí, ¡como los de Pescanova!).
Sentimientos de experiencias y relatos del recuerdo para evocar que lo nuestro viene de lejos y que es sólido y fuerte, confiando así en su larga existencia. La fe que depositamos en ello no es fruto de la casualidad; nos parecemos en mucho y nos diferenciamos en lo suficiente para desear que continúe nuestro aprendizaje recíproco.
Se pasa el tiempo y recordamos rápido las obligaciones actuales que nos recomiendan que todo lo que nos queda por departir se quede para siguientes momentos, que se repetirán en el tiempo como las estaciones del año (ese es mi deseo). Tantas veces hablado y tantas por faltar....excitante anhelo; que nunca los eche demasiado de menos.
Al fin y al cabo, somos lo que somos....los mejores amigos.
martes, 12 de agosto de 2008
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