viernes, 25 de enero de 2008

Se lo debo

El arte de escuchar es esencial en esta vida en la que cada vez tendemos más hacia la individualidad, olvidándonos paso a paso del colectivo del cual formamos parte.

Es curioso que en pleno siglo XXI, en el momento de la historia en que existen más formas y maneras de comunicarse que nunca, seamos unos completos autistas importándonos cada vez menos el prójimo, y el próximo.

Nunca he ocultado mi rechazo hacia esta sociedad (o al menos hacia parte de ella y sus "preciosas" costumbres), y sabiendo que no puedo escapar del juego, al menos, tratar de poner mis mini-reglas. He reconocido a mano alzada mi interés desmesurado por el aislamiento en plena ebullición ciudadana (mis preciados y preciosos cascos me ayudan a ello) sin ningún tipo de rubor, sumándome a esa colección cada vez más amplia de individuos que vagan sin cruzarse en ojos ajenos.

Error. El cerebro se alimenta de la información (visual, táctil, oral...) y al deambular en ese vacío, incurrimos en el tremendo fallo de "atontarnos", de privar a nuestra mente de su comida. Y como esto es una cadena, por ende a nuestra alma, porque es justo en nuestra cabeza donde residen los pensamientos, sentimientos, y el resto de reacciones que nos hacen Homo Sapiens.

Qué definición más grande para representar el gran zurullo de mierda que somos para la madre naturaleza. Pero, claro, el hombre, en su infinita modestia no podía llamarse "Cagarruta" sin sentirse desmerecido de mayores alabanzas.

Por suerte, hay personas que sienten la necesidad de comunicarse en determinados momentos, y que con su insistencia tediosa, logran romper nuestra solitaria armonía.

Eso precisamente me sucedió la pasada semana.

Un chico negro, con aliento aromatizado a cerveza, me "molestó" para comentarme el suceso que había tomado forma en mi barrio segundos antes (policía llevándose a un "entrañable" vecino). Yo no estaba dispuesto a hablar (¡por supuesto! no fuese a ser que aprendiese algo a esas horas...)y sin embargo aquel hombre entabló batalla con mi hastío, con el claro objetivo de expresar lo que había venido a decirme.

Trató de explicarme que la policía es vital, que son trabajadores que han de pasar duros exámenes; "de matematíca, de piscología y de isto...fislosofía" (así sonaba su más que correcto castellano con acento francés), mientras yo miraba la distancia que me separaba de mi portal, luchando de forma disimulada, en el intento de llegar, con la mano que me cerraba el camino para que oyese lo que necesitaba soltar.

Ante su esfuerzo por ser escuchado, comencé a percatarme que estaba implicado con cada palabra que salía de su boca. Su mirada y su tono de voz, me aseguraban que sus palabras eran creíbles. Poco después supe de donde surgían.

Me contó la historia de su hermano, un chico que ante la falta de trabajo, se presentó a las oposiciones para policía y las pasó, incorporándose a la gendarmería francesa. "Era grande, cómo metro noventa, fuegte y muy bueno, con buen corazón....era su trabajo". Las palabras hacían presagiar un final triste. Así fue.

Un día, en acto de servicio ("con traje policía") le enviaron (dadas sus dimensiones) a persuadir a un delincuente armado, el cual, nada más verlo, abrió fuego contra el agente, causándole la muerte.

Las lágrimas de mi interlocutor afloraban en sus ojos mientras me hacía participe de su desgracia. Había visto actuar a la policía, ante la mirada incomprensible de los amigotes del detenido, y necesitaba contar su relato. Necesitaba decirle a alguien, que detrás de esos uniformes se esconden historias humanas, personas, que como su hermano sólo hacen su trabajo.

Sin darse cuenta, y posiblemente sin pretenderlo, consiguió que su mensaje recalara como un tatuaje más grande de lo que sabrá jamás.

Porque ese relato es más que la historia de su hermano, es la de la falta de comprensión entre las personas, es el de la necesidad de ser escuchados como parte de alivio de nuestros sufrimientos, es uno de los infinitos S.O.S que enviamos y de los que la mayoría se quedan vagando a la deriva, sin que nadie los escuche jamás.

El hombre, como ser social, necesita de sus congéneres para no perecer ante la mayor de las pestes, la soledad no elegida.

Nunca supe su nombre, pero el de su hermano sí. Se llamaba Willy.